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UN LUMINOSO DIA DE LLUVIA
por Adela S. Goldberg
Era la tarde temprana de un día lluvioso que invitaba a estar en casa escuchando música o disfrutando la compañía de un buen libro u ordenando ese placard que uno siempre deja para otro momento. Sin embargo, mi agenda indicaba que esa tarde tenía reunión con mis compañeras de acción social por el trabajo que desarrollamos con los chicos en situación de calle. Era una fuerte razón para salir de casa; además sabía de antemano que este encuentro de trabajo sería placentero porque estamos unidas por un enorme compromiso y mucho afecto hacia la “merienda de los jueves” como la llamamos a veces. Casi mecánicamente, y viendo como la lluvia se escurría por los ventanales, tomé mi piloto y paraguas. Bien protegida, caminé hasta la parada del colectivo que lleva hacia Barrancas de Belgrano para bajarme ahí y caminar luego las dos o tres cuadras hasta el Templo. Aguardando la llegada del colectivo mis pensamientos acerca de la marcha de este plan ya inundaban mi cabeza. ¿Alcanza con lo que estamos haciendo? ¿Porqué solamente la merienda, leche chocolatada, té o mate cocido acompañado de pan con manteca y dulce? ¿Qué podríamos modificar para que no sea siempre lo mismo, me preguntaba? Les repartimos la ropa que nos donan. . Los chicos ven películas ( y les gusta mucho), dibujan, escuchan música. Conversamos. Intentamos que lean, que escriban o hagan cuentas “como en la escuela”, esto con escasos resultados aún. Prefieren charlar entre ellos, jugar a las cartas. ¿Qué más? ¿Proponerles microemprendimientos? ¿Proveerlos de empleo? ¿Deberíamos insistir con clases de educación sexual para los adolescentes ? ¿Cómo hablarles a las chicas para que se cuiden, para que no se embaracen? Esto me parece mejor… debemos consultar con…. Mejor buscamos asesoramiento en……. Lo único claro, firme y seguro que tenía interiormente es que es una buena tarea y que los chicos y adolescentes nos van enseñando lo que ellos prefieren o necesitan. Cierta incertidumbre acerca de cómo hacer más eficaz este plan encajaba perfectamente con el día gris y con la lluvia. La melancolía ligaba con el reconocimiento de la dificultad para avanzar. Concentrada en estos temas y otros que aparecían y desaparecían con velocidad asombrosa me di cuenta que estaba en Barrancas. El colectivo comenzó a vaciarse y me levanté para bajar. Y ahí, justo en esa parada, me encuentro con uno de los chicos que vienen al Templo los jueves, el pelo mojado y la ropa humedecida, las zapatillas que hacía unos pocos días le regaláramos estaban empapadas y algunas gotas de lluvia bajaban por su cara. Nos miramos, le sonrío y apenas atino a decirle, hola!! Sucede entonces que me abraza con fuerza, con un sentimiento indescriptible de alegría por el encuentro inesperado. Lo abrazo y abro el paraguas que nos protege a los dos, nos quedamos un ratito así, (evito preguntarle qué hace, porque sé que pide unas monedas) Nos corremos de la mano hacia un lugar más protegido y le hablo…. me habla…. sonríe….. mira sus zapatillas como disculpándose por tenerlas mojadas y se lamenta… eran tan lindas…le digo que no se preocupe, que trataremos de resolverlo. Entonces surge con enorme claridad eso que los dos sabemos: no somos indiferentes. El puede acercarse porque sabe que voy a escucharlo, darle la mano, secarle las gotas de lluvia de la cara. Yo, dejé de pertenecer a la masa anónima, que “mira” a un chico en situación de calle. Levanté la cabeza para respirar porque la emoción de su abrazo cariñoso me conmovió profundamente y en ese momento único no vi ninguna lluvia, ningún cielo plomizo: solamente un sol intenso y radiante inundando la barranca.
…………… la Toráh, el trabajo y las obras de amor……..
Adela Goldberg es voluntaria en Mishkán, en nuestro proyecto de trabajo con chicos de la calle.
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