Y pondré mi Mishkán dentro del ser de ustedes

(Levítico 26:11)

Rabino Fundador: Rabbí Reuben Nisenbom

Miembro del C.C.A.R.

Conferencia Central de Rabinos Reformistas

REVISTA ALTAS FIESTAS

Escrito el: 25 de agosto, 2016

mishkan revista

Parashat Ekev

Escrito el: 24 de agosto, 2016

Recuerdo una escena memorable en la película “Tevie el lechero”, en la que Motl, el yerno de Tevie, recibe una máquina de coser que había comprado y ante el asombro de sus vecinos se pregunta si hay una bendición para decir por su nueva adquisición. ¿Una bendición por una máquina de coser? Consultan entonces al Rabino del pueblo, quien contesta en medio de atentas miradas de los vecinos, que ¡para todo hay una bendición!.

Está prescripto que debemos bendecir desde que nos despertamos hasta antes de dormirnos.

Enseña el Arizal (1534-1572) que cada día una persona debe esforzarse por responder amén al menos a noventa bendiciones, recitar cuatro veces la Kedushá, diez veces el Kadish y decir como mínimo cien bendiciones. La palabra Tzadik -justo- tiene esta fórmula en el valor numérico de sus letras (Tz=90, D=4, I=10, K=100).

La parashá de esta semana nos habla de mitzvot (preceptos), recompensas, pruebas y bendiciones. Moshé continúa con sus discursos a los hijos de Israel haciendo hincapié en las bondades de la tierra a la que van a entrar pero alertándolos de que esas bendiciones dependerían del grado de adhesión de ellos al Pacto con Di´s.

“Él te alimentó con el maná que tú ni tus antepasados conocían, para hacerte saber que no sólo del pan vive el hombre, sino que de todo lo que emana de la boca de Dios vive el hombre.”
(Devarim 8:3)

El man caía del cielo pero no era gratuito , había que cumplir con ciertos requisitos al recibirlo. Cada uno debía recoger por la mañana su porción personal, que era suficiente para ese día (salvo el viernes que caía doble para que una parte sea consumida en Shabat).

Este “pan del cielo” alimentó a Israel en su camino por el desierto durante cuarenta años. Nuestros sabios nos dicen que esta forma de alimento, desconocida previamente implicó aceptación y adaptación a lo nuevo.

Pero la singular del man estaba en que no necesitaba sólo de una elaboración material sino por sobre todo de un trabajo espiritual.

Enseña el Arizal que cada uno recibía el man de una forma distinta. A algunos les caía en la puerta de su tienda, recién horneado, con un aroma exquisito. Otros debían caminar varias cuadras para buscarlo y no siempre se encontraba en el mejor estado, sino que podía estar un poco crudo o algo quemado.

¿De qué dependía cómo cada uno lo obtenía?

Aquí está la clave de lo más significativo de este nutriente. De hecho, la respuesta a este interrogante es lo que lleva a la queja generalizada de quienes, durante la travesía en el desierto piden volver a Egipto porque “allí comían bien y podían acceder a pescados gratis y carne”, cosa imposible y falsa. En Mitzraim nada era gratis y mucho menos rico. ¿y carne? ¿qué esclavo comía carne allí? ¿qué es lo que pasa? ¿por qué mienten para no comer más el pan del cielo?

Porque cada uno lo recibía según su estado espiritual. De repente alguien a quien consideraban un sabio, o un benefactor tenía que atravesar todo el campamento y volver con el man que nada tenía de sabroso a la vista de todos. Y otras personas, simples, que no hacían alarde de su poder lo recibían en la entrada de su tienda con el mejor aroma, calentito, recién hecho. El man delataba el trabajo espiritual que cada uno había alcanzado. No había forma de esconder los malos sentimientos o pensamientos. Todo quedaba allí, expuesto. ¿Y quién quería hacer ese trabajo, el más difícil de todos? Confrontarse con uno mismo y con Di´s y mejorar lo que no se ve, lo que pasa en el interior, el trabajo del alma.

El objetivo del man no era mostrar lo peor de cada uno sino todo lo contrario, motivar el cambio y el crecimiento espiritual, motor de todo lo que hacemos y vivimos.

Afrontar la prueba y superarla requiere tener conciencia de que aunque nuestras vidas dependan de lo material para subsistir, sin lo espiritual, sin la fe, nuestra vida pierde sentido. Porque el mundo espiritual es nuestra finalidad última.

“Comerás, te saciarás y bendecirás al Eterno tu Dios por la tierra buena que te dio” (Devarim 8:10)

Los maestros jasídicos se preguntan: “Nuestros cuerpos reciben su nutrición de la comida, pero, ¿de dónde obtiene su sustento el alma?

Cuando comemos, nuestros cuerpos se nutren con los componentes físicos del alimento y al mismo tiempo nuestro espíritu es nutrido por los componentes espirituales. Cuando bendecimos antes y después de comer agradeciendo a Di´s, lo que estamos haciendo es prepararnos para recibir ese componente Divino.

Decir bendiciones, poner brajot en nuestras bocas trae brajot a nuestras vidas. Recibir a Di´s y agradecerle por lo que nos provee requiere no sólo mover los labios sino un esfuerzo para mejorar nuestra vida interior.

Quiera Di´s que tengamos la fuerza y el coraje de hacer los cambios positivos necesarios para encontrar el man exquisito, recién horneado, en la puerta de nuestra tienda.

Shabat Shalom Umeboraj!!!!

Diego Elman
Seminarista Rabínico
Adjunto al Rabinato de la Comunidad Mishkàn

Revista Altas Fiestas

Escrito el: 18 de agosto, 2016

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Parashat Vaetjanán

Escrito el: 18 de agosto, 2016

Continuamos buceando en el quinto libro de la Torá a través de las últimas enseñanzas que nos dejó Moshé Rabeinu, el más grande de los líderes que tuvo nuestro pueblo.

En esta parashá, Moshé menciona los Diez Mandamientos (que ya habían aparecido en el libro del Éxodo), pero con ligeras modificaciones.

Una de ellas, tal vez la más conocida es la relacionada al Shabat. En esta sección de la Torá dice:

“Shamor et iom hashabat lekadeshó / Cuida el día del sábado para santificarlo” Devarim 5:12

Mientras que en la versión previa no hablaba de cuidar el Shabat sino de recordarlo (zajor et Iom haShabat).

Podríamos preguntarnos si Moshé modificó las palabras de la Torá, o si, como dice la respuesta tradicional del Midrash ( y que decimos cada Kabalat Shabat en el Lejá Dodí)  Di´s dijo ambas palabras a la vez:  “Shamor vezajor vedibur ejad”.

Pero me gustaría ir más allá para tratar de comprender qué nos enseña este tema.

Tomemos en cuenta los tiempos en los que una y otra fueron pronunciados. Cuando dice “recuerda el Shabat”, ésto ocurre siete semanas después ser liberados de la esclavitud en Egipto. Y de hecho, sucede en medio de la más increíble escena de la Torá, en la revelación del Sinaí. Ellos también habían sido testigos de las plagas y de cómo se abrió el mar y se tragó al ejército del Faraón.

Con semejante despliegue de poder de Dios y en medio de tantos cambios lo que necesitaban para santificar el Shabat era recordar todo lo que habían vivido. Recordar lo que Dios con su mano fuerte y su brazo extendido había hecho por ellos. Probablemente sería suficiente.

Ahora Moshé está ante otra generación. Cuarenta años después ya no es lo mismo. La misma historia oída de boca de otros no tiene la misma fuerza que haber sido parte de la teofanía en Sinaí.

Entonces no alcanza con recordar. Estos jóvenes sucesores necesitarían más que oír historias. Las prácticas y los rituales vendrían entonces a dar un marco para mantener al Shabat con santidad. Moshé, ya anciano entiende muy bien esto, por eso ahora se trata ya no sólo de recordar sino de cuidar.

Uno se pregunta cómo pasó esto en tan pocos años. Para responder no hace falta ir tan lejos. Pensemos en cómo una generación que llegó como inmigrante a nuestro país y que cuidaba la tradición dio lugar a otras dos en las que sólo el recuerdo de lo que hacían sus padres o abuelos los mantuvo unidos a ellos, pero cada vez más lejos, cada vez más difuso.

Por eso el foco debe estar hoy en cuidar. Cuidar y cuidarnos, entendiendo las prácticas no como restricción sino como protección que nos liga y nos da identidad.

Ajad Ha’am dijo: “Más de lo que Israel cuidó al Shabat, cuidó el Shabat al pueblo de Israel”.

Shabat Shalom umeboraj!

Diego Elman
Seminarista Rabínico
Adjunto al Rabinato de la Comunidad Mishkán

Parashat Devarim

Escrito el: 10 de agosto, 2016

Llegamos a Devarim, al quinto y último libro de la Torá. La traducción literal de su nombre es “Palabras” porque trata sobre el discurso final de Moshé frente a la Tierra de Israel luego de haber vagado por el desierto. Y a quien habla es a una nueva generación que sería la conquistadora la anhelada tierra. (1)

Los primeros versículos anuncian que Devarim, a través del relato de Moshé de cómo llegaron hasta allí, puede ser dividido en tres temas principales: palabras de moral y amonestación, las leyes de la Torá y bendiciones y maldiciones. (2) Por ello es también llamado “Mishné Torá”, la repetición de la Torá. (3)

Los sabios resaltan el hecho de que Moshé muchos años antes, en el encuentro con Dios (que se le reveló a través de una zarza ardiente), dice: “Lo ish debarim anoji” “No soy hombre de palabras”(4), y al final de sus días se convierte en un gran orador (5). Las palabras que al principio no podían salir con facilidad de su boca, luego del camino recorrido con extrema bondad, piedad, modestia y valor moral, ahora brotan y fluyen hacia su pueblo sin dificultad.

Bamidbar (el libro anterior) nos relata dificultades, rebeliones, cuestionamientos a la autoridad. Incluso nos muestra a Moshé con grandes fluctuaciones en su ánimo, a veces tan abrumado por los conflictos que pierde la posibilidad de ingresar a la tierra prometida (6). Devarim nos brinda un líder que transmite serenidad, sabiduría, que aconseja y da ánimo y aliento a quienes van a continuar su tarea. Vuelve a contarnos la historia para no olvidar cuál es el camino.

Aparece en esta parashá por vez primera para la nueva generación un término que nosotros utilizamos, por ejemplo, en nuestras plegarias cotidianas: “Adonai Eloheinu”, “Adonai Nuestro Dios”. No encontramos una referencia a Dios con esta forma desde la novena plaga de Egipto, tres libros atrás, cuando se la utilizaba para designarlo como destinatario de los sacrificios. (7)

Pero esta vez, lo que dice es: “Adonai Eloheinu diber eleinu”, “Adonai Nuestro Dios nos habló…”(8). Obviamente que cuando anteriormente había hablado ya era “Nuestro Dios”, pero recién en este encuentro con nuestro Tú Eterno (8), en la claridad de las alturas donde se tiene dimensión de toda la extensión de la tierra y del camino recorrido, la devoción, el afecto sincero y recíproco, se transforman en este torrente de devarim significativas que brotan del gran líder que antes “no era un hombre de palabras” y que ahora con el relato de nuestra historia, se constituye en la expresión viva de la trascendencia.

Shabat Shalom.

Diego Elman
Seminarista Rabínico
Adjunto al Rabinato de Mishkán

(1) Según el comentario del Rabí Ovadiá Sforno (exégeta y médico judeo-italiano, 1475-1550) al versículo 3, ya había concluido de morir la “generación del desierto”. (2) Tal como lo explica el Rabi Eliahu ben Shlomó Zalman (conocido como el Gaón de Vilna, 1720-1797). (3) Basado en Devarim 17:18. (4) Shemot 4:10. (5) Midrash Rabá 1:15. (6) Bamidbar 20:12. (7) Shemot 10:26. (8) Devarim 1:6. (9) en palabras de Martin Buber.

Shabat en Mishkan

Escrito el: 4 de agosto, 2016

Flyer Shabat 03

Parashat Pinjas

Escrito el: 28 de julio, 2016

La paz debe ser revelada

Por Diego Elman
Seminarista Rabìnico
Adjunto al Rabinato de la Comunidad Mishkán

«Sucedió que dos amigos se pelearon. Aarón fue y se sentó cerca de uno de ellos y le dijo: “Hijo mío, ¿qué es lo que está haciendo tu amigo? Golpea su corazón y rasga sus vestiduras diciendo: ‘¡Ay de mí! ¿Cómo puedo levantar los ojos y mirar a mi amigo? Me avergüenzo de mí por haberlo ofendido’”. Aarón se quedó sentado junto a él hasta que se fue el odio de su corazón. Entonces, fue y se sentó cerca del otro y le dijo: “Hijo mío, ¿qué es lo que está haciendo tu amigo? Golpea su corazón y rasga sus vestiduras diciendo: ‘¡Ay de mí! ¿Cómo puedo levantar los ojos y mirar a mi amigo? Me avergüenzo de mí por haberlo ofendido’”. Aarón se quedó sentado junto a él hasta que se fue el odio de su corazón. Cuando ambos se encontraron, se abrazaron y se besaron» (Avot de Rabí Natán).

Aarón, el sumo sacerdote, hermano de Moisés, es reconocido por la literatura rabínica no solo como un ohev shalom, amante de la paz, sino como alguien que en forma proactiva intervenía para que la paz fuera realidad. Era un rodef shalom, perseguidor de la paz (Pirkei Avot 1:12).

Nuestros Sabios nos enseñan que la paz es posible cuando se busca. Y que se logra a partir de actitudes y conductas.

En la secciòn de la Torá que leemos esta semana nos encontramos con un brit shalom, un pacto de paz. Pero en la palabra “shalom”, la letra vav (la o) aparece cortada por la mitad. Esta división nos muestra que para que la paz sea completa, se necesitan unir varias partes, no necesariamente aludiendo a diferentes personas, sino a que nosotros tenemos que unir nuestros propios fragmentos: el pensar, el sentir, el decir y el hacer. La bendición y el pacto de la paz están siempre allí, el problema es que, como estamos partidos, se nos escapan.

En nuestra tradiciòn muchas veces hablamos sobre el concepto de Tikùn olam (la reparación del mundo). Pero entiendo que no es posible llegar a ella sin primero trabajar en el Tikún atzmí. En un sentido profundo, es necesaria una reparación personal. Y no para recibir bendiciones (que siempre llegan), sino para poder retenerlas. Porque somos recipientes… pero con tantos agujeros, que dejamos escapar lo que recibimos. La labor, entonces, no es para recibir sino para retener, revelar, reconocer y agradecer. Por ello la necesidad de esforzarnos en pos de nuestra propia integridad, no solo para que la paz llegue, sino para que se quede.

Aprendí del Rab. Rami Shapiro:

“Paz no es la ausencia de conflictos,
es enfrentar al conflicto honrando la justicia.
Paz no es la ausencia del enojo,
es la expresión del enojo honrando la compasión.
Paz no es la ausencia del deseo,
es permitir la realización del deseo sabiendo que nada en la vida es
tan completo como para garantizarnos la felicidad.
Paz no es la ausencia de temor,
es saber cómo moverse más allá del miedo.
Que podamos crecer hacia los pasos de la paz.
Vivir con honor,
vivir con justicia,
vivir con deseo,
vivir con temor,
vivir y aceptar ser uno, único.
Y a su vez, pequeño y frágil ante la inmensidad de la Creación y su Creador”.

Aceptarnos y repararnos puede lograr que la paz permanezca hasta la eternidad.

¡Shabat Shalom!

Diego Elman